Monthly Archives: Agosto 2011

Propositos de septiembre

Estándar

En el fondo, muy en el fondo, yo esperaba que el doctor me dijese que necesitaba quedarme en casa. Que no podía regresar a Barcelona, que debía recibir atención aquí acompañada con el cariño familiar. Yo, en el fondo, quería que el doctor me impusiese eso, así no tendría que yo tomar la decisión de renunciar al máster en Barcelona, a una vida nueva con compañeros de piso nuevos, por volver a empezar. Si él me hubiese dicho es necesario que renuncies a todo eso, sería tan fácil, no me sentiría una fracasada, una persona que ha tenido que renunciar a todos los planes que había hecho por que ahora mismo necesito a mi familia.

Sin embargo el doctor dijo que no. Que, de hecho, lo mejor es que fuese a Barcelona. Me enfrentase yo sóla a mi nueva vida, que es lo que me asusta y me está causando estos problemas. Quedándome sufro el riesgo de refugiarme, de dar un paso atrás en mi madurez. Los problemas, según él, no se solucionan con la opción más sencilla. Son las opciones más difíciles las que te hacen más fuerte. Necesito irme, recuperarme yo sóla y por mi misma. Aprender a madurar y asumir los cambios, las incertidumbres, indecisiones, tesituras y consternaciones de la vida tal y como llevo haciendo del 2005, como una persona independiente en Barcelona. ¿Cómo vas a regresar a casa ahora, después de tantos años, acaso quieres dar un paso atrás en tu trayectoria vital?

Tiene razón.

Me espera un año duro. Gestión de la inmigración, es el máster que haré. Aprender a convivir con tres compañeros de piso nuevos, en un piso nuevo, en Fontana. Nuevos compañeros de clase y amigos, nuevos profes, nuevos horarios. La preparación de las aplicaciones para las universidades de EEUU tal y como requiere la beca. Un proceso largo y farragoso.

Y, sobre todo, recuperar mi salud.

 

Cambio de papeles

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Creo que uno se da realmente de bruces con “ya soy mayor” cuándo llega ese momento en el que se cambian los papeles. Me explico, cuándo llega ese momento en el que eres tú el que das una opinión o consejo a esos que solían ser los “adultos” con toda la responsabilidad. Y cuándo estos te escuchan y lo consideran útil.

Hoy me he sentido mayor (adulta), sensata y útil. No puedo decir que me alegre de que mis padres estén pasando por momentos difíciles respecto a sus vidas laborales, por supuesto que no. Sin embargo, me encanta que me hayan pedido que me siente con ellos, me han pedido consejo, me han confiado sus preocupaciones. Y creo que yo he sabido decir algo que les ha servido de ayuda. Por eso me alegro.

En principio venía al pueblo a recibir mimos, atención y a recuperarme. Los mimos, cariño, atención son muy abundantes, pero también he asumido una responsabilidad y da gusto poder ayudar a quien tanto se lo debes.

 

 

Pause

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Volver a Tui durante unos días es como hacer pause.

De pronto, nada más llegar al aeropuerto, al recibirme los ojos saltones de mi padre, ya sentí cómo todo se ralentizaba. Y el sol. Que calienta mucho más que en Barcelona.

El aeropuerto queda cerca de la casa de mi madrina. Eso de las madrinas y padrinos es una tradición bastante importante en Galicia. Tienes que ir a verles cada vez que vuelves a casa. Mi madrina, además, es peluquera. Y tiene aspiraciones a psicoterapeuta, le encanta psicoanalizarte. “Ya que estoy aquí, hazme un corte de pelo radical” -le dije. “Me parece una idea estupenda, creo que es justo lo que necesitas” -respondió. Llevaba menos de media hora en Galicia y de pronto tenía el pelo tan corto como no lo he tenido nunca. De bebé, supongo.

Poco después me recibió mi madre en la tienda, y cuando se acercaba la noche mis abuelos en su jardín. Ellos me miraron con cara de preocupación, pero no dijeron nada. Las palabras sobran. Mi abuelo me agarró fuerte de la mano y me llevó al campo. Es casi una tradición. Me enseña los conejos recién nacidos, los pavos, las gallinas ponehuevos, su colección de canarios. Observo cómo les da de comer. Después vemos los árboles frutales. Mi árbol de aguacate, que cada vez es más enorme. Siempre cojo un melocotón del árbol y me lo como así, sin lavar. Me sabe a gloria.

Después vamos al cementerio con mi abuela. Ella va todos los días. La acompaño, a pesar de que no es agradable. Es casi una tradición.

Y vuelvo a casa de mis otros abuelos en otro pueblo. Aperitivo en el río. Acribillada por los mosquitos. Croquetas y huevos fritos con patatas fritas de la abuela. En platos de esos que son como de lata.

Y mi madre me tapa por las noches, como si volviese a tener 12 años.

Y soy capaz de dormir hasta las 10.

Estoy en pause. Pero estoy bien.

Sin quehaceres

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Nunca he tenido un verano convencional. Cuando digo convencional me refiero a un verano igual al que tenían mis amigos en el cole. Ese en el que se iban al pueblo, o a la playa, se levantaban, veían los dibujos, por la tarde jugaban… siempre he sido una niña-adolescente-adulta que ha querido emplear los veranos para hacer algo que, de alguna manera, me “adelantara”.

Así, de pequeña, iba a la ludoteca, a clases varias, hacia todos los cuadernos santillana habidos y por haber. Yo misma, me obligaba a hacer “tareas” y después me premiaba invitando a amigas a la piscina de mi abuela. Pero tenía que hacer algo antes.

De más mayor invertí mis veranos en cursos de inglés, inglaterra, dublín. Por supuesto que me lo pasaba bien y disfrutaba, pero a lo que voy es que siempre he tenido la necesidad de saber que había algo que estaba haciendo bien. “Estoy de viaje, pero estoy aprendiendo inglés”.

Durante los últimos años he estado trabajando casi siempre, durante el verano. Combinándolo con cursos de chino.

Así, estoy acostumbrada a que mis veranos sean fructíferos. Sólo disfruto de mis lecturas de placer, de los helados en terrazas con amigos, de las cañas y tapitas si sé que estoy haciendo algo bien.

Sin embargo, este año, las cosas son bien diferentes.

Contaba con este trabajo del que me han “eliminado” el día antes que iba a empezar, así que no tengo una “obligación”. Durante estos días he intentado mantenerme ocupada para llevarlo lo mejor posible, estar en casa sólo me haría daño. He enviado cvs a todas partes, me levanto temprano, quedo cada día con alguien para tomar algo o pasear…. Sí, me lo estoy pasando bien, me estoy “relajando” sin obligaciones, puro relax, disfrutando de mis rincones favoritos de Barcelona. Pero, al final del día, llego a casa y me siento terrible. Mucho más agobiada que cuando tengo trabajo-universidad-etc. Tengo un sentimiento de culpabilidad que se convierte en una angustia anudada al cuello.

Mañana voy a Galicia, a pasar unos días con la familia.

Gracias.

 

 

Adaptaciones

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Al final, he de reconocer que soy una persona que, a pesar de sufrir mucho con los cambios y con tomar decisiones, una vez realizados me adapto con facilidad.

Muchas veces -quizá en múltiples ocasiones por cortesía- he escuchado decir “pareces una local” (en China). En California nadie me veía como una extranjera. Me gusta agarrarme a las costumbres locales y sentirme del lugar, para poder disfrutarlo plenamente, y de esto he hablado en numerosas ocasiones.

Viviendo en el barrio de gracia hasta he tenido la tentación de hacerme modernilla y no me arrepiento de haber cambiado de idea y haber renunciado. Pero no me hubiera importado formar parte de un grupo de esos que tocan la guitarrra sentados en la plaza del sol. Sin embargo, hay algo en Barcelona que me lo ha puesto difícil, y nunca me he podido sentir de aquí. Ni de Barcelona, ni de Gracia.

Ahora me he cambiado de casa, pero he permanecido en el barrio, porque a pesar de todo, a pesar de no haberme dejado formar parte de el, lo tengo en muy alta estima. En otras palabras, tengo mis lugares favoritos, los bares entrañables, las plazas bulliciosas, esas tiendas de curiosidades que no existen en otro lugar y que hacen de este barrio, un mini pueblo en Barcelona.

Eso sí. La casa. Ay, la casa. No sé si alguna vez os había hablado de mi antiguo apartamento en Lesseps. Cuatro habitaciones, una terraza en un séptimo, con vistas a absolutamente todo Barcelona. El mar, el eixample, la sagrada familia. Me encantaba mi apartamento, que habíamos personalizado, y que conocía todos sus trucos.

Y, con todo, ya casi no lo echo de menos. Poco a poco estoy aprendiendo los trucos de esta nueva casa. Los nuevos ruidos, cuando pertenecen al interior y cuándo a la casa de los vecinos. Los olores que entran por la ventana, casi siempre -a diferencia del anterior, que eran sardinas- olor a estupefaciente. La temperatura, donde se está más fresco, dónde más caliente. Las luces, cuándo encender esta u otra lámpara.

Y ya tengo mi rincón, donde leo, y donde comparto cervezas con mis nuevos compañeros de piso, que me han recibido y me han acogido de una manera asombrosa. Ya me siento a gusto. Ya siento que somos casi una familia.

Por eso le llamo adaptaciones. Que bien. Que bien me he adaptado, y que bien me encuentro en mi rincón.

despedidas

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… y si despedirse de un tupper puede ser doloroso, imagínate despedirte de una persona. Una persona que, en el fondo, es un abrazo, un beso, un empujón. Una persona que hace que sientas que eres algo más que carne y huesos. Que todavía puedes sentir placer o enfado.

Un viaje al aeropuerto, maldita sensación de verano, dice You, y yo digo, maldita sensación de verano, volviendo sola en una especie de aerobus, con el aire acondicionado extremadamente frío, sabiendo que esta noche voy a comer la última galleta israelí y no tendré quien me prepare el café por la mañana.

 

Despedidas que implican un comienzo. Un comienzo que he decidido tomar por los cuernos del toro … imprimiendo 20 CV’s (8 EURAZOS) y ir desperdigándolos como si de Hansel y Gretel se tratase -hasta que una paloma me cagó en los currículums, y no pretendo ser cómica, es cierto.

Y un comienzo que terminó con una cerveza en mi nueva terraza, con mis dos nuevos magníficos compañeros de piso, gente apasionada por viajar (mi nuevo compañero de piso ha viajado durante meses por el sudeste asiático), abierta, dispuesta a una buena conversación sin tener que rendir cuentas a los segundos.

Segundos que yo cuento esperando no echar de menos.

 

 

gracias

Mudanza

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Vida nueva.

En unos días he perdido mi trabajo, me he mudado de casa, me he deshecho de miles de cosas, mis amigos se van. Tengo que empezar de nuevo.

Es una sensación cargada de contradicciones. Me siento triste. Haciendo la mudanza, tirando bolsas de basura pienso en el valor emocional que asignamos a objetos insulsos. Hasta me daba pena tirar un tupper viejo de los chinos porque consideraba que “juntos habíamos vivido muchas experiencias y comidas en el comedor de la universidad”. Cuándo, en realidad, lo valioso son esas memorias, pero os aseguro que ese trozo de plástico teñido de salsa de tomate tenía el poder de traer bonitas memorias.

Pero también me siento contenta. Contenta porque tengo la oportunidad de empezar. De deshacerme de las cosas malas que estos meses me han ido carcomiendo. Gente nueva. Puedo ser yo otra vez, sin tener que justificar una “mala racha”.

 

No sé que lado perdura más.

Pero ahora tengo que dedicar un tiempo a mis propias despedidas.

 

gracias